lunes, febrero 02, 2009

paciencia de araña

Siempre digo que la realidad es inferior a nuestros anhelos —aunque uno no deje de sorprenderse, claro. Pero ya es bastante continuar con vida después de los años psicodélicos, donde el vértigo cotidiano hacía pensar cada fin de semana que la fosa estaba reservada antes de los 28; no, no es poca cosa desarrollarse cada día con el mayor esteticismo posible, y pensar en las cosas que se dicen y se hacen. Un verdadero lujo. Tener tiempo, y poder detenerse a saborear los contrastes y las desavenencias, las armonías y los hallazgos. Entonces, la realidad parece inferior a los deseos porque se exige demasiado, simpre falta más y uno intenta ir más lejos. Tan lejos como se pueda en cada momento.

Un pulso con la vida, con los límites. Pero no se trata de una búsqueda caprichosa. Tal vez tenga que ver más con un misticismo civil, con una apertura panteísta hacia la anulación de uno mismo, la destrucción de la individualidad.



La semana pasada fuimos a casa de Amélie. Me sorprendió que habitara en un descuido que no le pertenece (que si la prisa, que si mucho trabajo, que no se encuentra el momento...) Ahora que vive sola parace no darle importancia a nada de lo que antes tenía y había conseguido. Sugiere un desprecio al pasado a partir de su nueva libertad. (Me extraña, quiero decir, me desconcierta que la sensación de libertad con frecuencia produzca tanta destrucción.) Imposible hablar de los proyectos que dejamos pendientes: ahora ya no baila, se interesa por el maquillaje de las películas gore. Vestida de gris con su sonrisa espléndida y su cabello negrísimo, se mordía los labios con nerviosismo y uno no podía creer que la leona que había bailado en nuestra boda, el incendio que se movía al ritmo de la música se dedicara mejor a maquillar a los periodistas del telediario de Alsacia.

Tampoco se interesa más por su novio —ahí hace bien, quizá— pero comienza a enredarse en relaciones de dificultad y desvío.

Digo desvío porque pienso que hay un camino, aunque no se sepa ni cuál es ni a dónde se va.

Eso: no se puede saber a dónde vamos a parar, esencialmente porque ni siquiera sabemos dónde estamos parados. No hay ojo externo que pueda obsequiarnos ninguna coordenada. Y no creemos en el rumbo de las instituciones, y su entramado nos ayuda solo a darle una buena apariencia a nuestro CV, en el mejor de los casos.

Pero tampoco hay devío, hay una ruta sinuosa y escarpada, sólo eso: claros, bordes, precipicios, llanos. Y la alegría o la tristeza, el encono, la desidia son topónimos de la geografía de nuestros días.

Hoy con Philippe, cada uno uno ocupaba su sitio, se respiraba la comodidad de no tener que justificarse. Contamos historias de terror, planeamos viajes, y soñamos con la música de Django Reinhardt.

Por la tarde fui a Sélestat a tocar con Mathilde. Otra vez su voz y su viola como una conversación lúcida e interminable.

Eléna había organizado una cena en casa. Mi regreso fue cálido. Esa palabra aquí tiene un sentido que no conocía.

Después nevó toda la noche. Eléna me despertó para que viera los copos brillando como una lluvia de luciérnagas.

Hay dicha, hay luz en medio de este ruido, de la incertidumbre que nos guía.

martes, enero 06, 2009

2009

Hemos sobrevivido a las fiestas navideñas sin comprar nada. Somos unos héroes. Ayer, de regreso del ensamble de Jazz (Mélanié me dejó tirado en plena calle), el frío que comprime las carnes y ayuda a menguar las ideas desesperadas, y la nieve, que ha venido a dar la bienvenida, me hicieron pensar que habitaba un película en blanco y negro. Una película muda. Aquí he venido a darme cuenta de mi condición de Homo Strepitus. El silencio alsaciano: cristalino, puro, inmaculado. Reino de ideas que no se dicen pero se encuentran. Reino de la ortopraxis. Pero veo que no es sólo una cuestión de volumen, sino de ritmo y frecuencia sonora. Por la tarde, con los gitanos Manouche, me recomendaban su estilo de vida: si te quedas más de cuatro meses aquí te vas a volver como ellos. Así justaificaban ayer su incansable trajín. Yendo de aquí para allá no da tiempo de establecerse, de adoptar las costumbres y los rituales civiles: Tal vez ni siquiera los conocen. (¿Y para qué querrían adoptar la liturgia civil si no poseen el ánimo de integrarse?) Pero la idea de la pertenencia sobrevive: son de un pueblo que viaja, que se va. De la misma manera la concepción de la amistad y los vínculos afectivos se transforma: la familia es el centro, pero a lo bestia, porque no hay, no puede haber una diversificación de los afectos. No hay costubre de usar el correo ordinario ni el teléfono, y ni hablar de internet.

Ayer también descubrí el enorme placer de caminar sobre la nieve virgen y espesa, de ver las huellas en las nieve de las que hablaba Yorgos Seferis para definir la escritura del diario. Yo había pensado huellas en la arena del desierto, o, como la canción de Yves Montant, sobre la arena de la playa. Pero la nieve tiene una rigidez peculiar, y si no nieva nuevamente, al cabo de los días las huellas parecen fosilizarse hasta que viene la próxima nevada o el deshielo.

Huellas en la nieve nuestro Diario. De todo lo que hay, de todo lo había, uno deja esto o aquello; y luego alguien lo lee y cree que era lo más relevante, lo más precioso de nuestra perspectiva. En el diario hay cifras, geroglifos, idiogramas. A primera vista un tercero tal vez no pueda comprenderlos, tal vez ni uno mismo, que lo escribe. Pero también hay datos que nos recuerdan una historia, una semana no dicha. Gide usaba la frase: "otra vez eso", para referir lo que sólo él podía saber cómo y dónde. No se puede obliterar la vida en el Diario. Ese es su riesgo y su belleza.

Tal vez siempre es más importante todo aquello que uno no se anima a escribir en esas páginas.

domingo, diciembre 07, 2008

meJico lindo

Cada quien tiene su México, como cada quien tiene su Platón, su Biblia o su Leibniz. Pero después de hablar con Poncho no cabe duda de que podemos ver mezclados dos países bien distintos: el que se escribe con x pero se pronuncia con j.

Breve exégesis de nuestros lugares comunes.

Invítame a pecar, invítame y te invito.
Paquita la del Barrio

Sin duda comparto con muchos mejicanos un amor profundo a la tierra del nopal y, al mismo tiempo, una aberración inconmensurable contra sus costumbres y proezas. Me explico: frases como “si no podemos cambiar de país, por lo menos cambiemos de tema”, o bien, “…es que esto sólo podía pasar en Méjico”, salpican las conversaciones con una cara de indignada aceptación. Pero ¿qué hay en el subsuelo de este Méjico Lindo que verdaderamente me remueve las entrañas? Se me ha pedido una suerte de análisis fenomenológico de nuestros lugares comunes más transitados, un esfuerzo desmitificador de los estereotipos que nos dieron el corpus existencial gracias al cual metemos la pata cada día. Luego de ya casi diez años de exilio elegido, no me ha quedado más remedio que aceptar.

El malinchismo. Es completamente falso que el mejicano prefiera siempre y en todo momento los productos que llegan del exterior; en muchas regiones aún persiste la pasión por las tortillas —aunque el maíz provenga de Estados Unidos. No se prefiere lo extranjero per se, es que no queda más remedio. Habiendo asumido un rol de periferia, todavía nos preguntamos si pertenecemos a occidente. Y la pregunta es legítima. Entre la lujuria del prójimo, el desprecio a lo autóctono y la admiración por lo extranjero (del norte) nos perdemos en consideraciones contradictorias que con frecuencia producen vergüenza. Decir abiertamente que sí, que a uno también le gustan los huaraches puede resultar todo un acto liberador. Póngalo en práctica, le hará mucho bien.

La buena educación. Méjico es el país del mandeusté. Diminutivos, afectadas gracias y porfavores ladinos se confunden con una educación de elite. Pero no hay que confundir educación y amaestramiento. La cultura de la sumisión, propia de un país conquistado e históricamente ultrajado hasta por sus propios líderes se expresa a través de un trato melifluo y, por que no decirlo, Cortés. Efectivamente, la cortesía vale como moneda de cambio en las situaciones de una realidad bastante escarpada. Pero esta suavidad de trato también revela a la bestia salvaje y apasionada que reventaría la cara del taxista si no pide disculpas quince veces por no traer cambio. Todos sabemos exactamente qué pasaría si se nos ocurre dejar de pedir las cosas por favor. Pero la educación no tiene mucho que ver con esta domesticación: ¡Mirad a los niños! ¡Observad los cuidados de las madres! ¡Apreciad en qué consiste la diversión de los adultos! Barbarie, gritos, sombrerazos, excesos. Y después silencio, un silencio sombrío y avergonzado. Disculpas y porfavores se revelan como el ritual de una sensibilidad que no distingue límites entre lo sutil y lo grotesco. Eso sí, el mejicano es amable, hasta que te das cuenta de lo que te va a pedir. Estamos adiestrados para la sumisión; el dependiente te saluda no con un “qué se le ofrece”, sino con un “en qué le puedo servir”. Pero la costumbre de tragar sin discriminación también causa malestar. Por eso, el mejicano entre la masa, desde el anonimato, es verdaderamente peligroso, pues conserva en sus entrañas la violencia y el resentimiento de una humillación antigua, genealógica.

La unión familiar. Una tradición conocida: los abuelos o los padres tienen un terreno que se va reedificando generación tras generación hasta que las diversas progenies cohabitan en una promiscuidad cuya sordidez pocas veces sale a la luz. Si no se tiene la suerte la suerte de un terreno familiar con frecuencia entre varios arreglan un alquiler con los mismos resultados de higiene. Y vienen hijos y niños y niñas de doce o trece años aprenden que el sexo es para darle gusto a sus parientes. La suerte y mi ánimo baudeleriano me llevaron a vivir en los últimos años del siglo pasado a una ilustre vecindad del sur de la Ciudad de Méjico. Muchas fueron las cosas extrañas que pude observar y que me llevaron a tener la opinión de Buñuel o de Chesterton sobre el desarrollo de la civilización en condiciones extremas: que hay, a pesar de todo, civilización, un entramado de justificaciones, mentiras, supuestos, discursos, creencias baldías, necesidades jamás cubiertas… Creo que Rosa tenía trece años cuando tocó a mi puerta aquella tarde, temblando. Yo estaba a punto de salir, y me preparaba fumando un cigarrillo de mi cosecha especial. Supe que era ella —de vez en cuando le ayudaba a hacer la tarea— y me avergonzó el aroma que, bruma espesa, no salía de casa ni con todas las ventanas abiertas. Pero Rosa insistía, y, como de cualquier manera tenía que salir, abrí la puerta. Temblaba con un sollozo y una agitación que parecían mentirosos. Su palidez habitual me confundió y pensé que estaba bromeando. Me pidió quedarse en casa porque su cuñado la había forzado esa misma tarde. ¡Cómo va a ser! ¿Y por qué no le dices a tu madre? No le dijo porque la señora los había pescado en coito profundo y la llamó puta y la acusó de seducir ni más ni menos que al inocente esposo de su hermana. Lo que pasó después siempre me ha resultado extraordinario. No pasó, señoras y amiguitos, absolutamente nada. La familia se une, eso sí, en complicidad abusiva y delirante, de la misma manera que la televisión une y preside las cenas y comidas, los días de la madre, los fines de año, los fines de semana. Y la evasión y el disimulo cohesionan la familia. Es fascinante.

La religión. No cabe duda de que frente a nuestra extravagante cultura de los detritos, la religión ha colaborado a hacer al pueblo mejicano más pulcro y responsable. Permítaseme que hable de mi Ciudad como centro y universo por unos instantes, aunque tal vez mis palabras no reflejen la realidad de otros lugares. En los años que siguieron a la finalización de los Ejes Viales, contribución estética inestimable que eliminó las plazas, el gusto por el paseo y volvió invisible al peatón, había botes de basura en cada esquina. Pero fueron desapareciendo poco a poco porque algunas personas con urgencias domésticas especiales se tomaron la molestia de arrancarlos de la vía pública y llevarlos a sus casas. Sin embargo, no desapareció con ellos la costumbre de arrojar en las mismas esquinas los detritos hasta configurar extravagantes orografías a la espera incierta del camión de la basura. La tradición de arrojar la basura en las esquinas de la Ciudad se extendió. Eran las noches el momento propicio para alimentar las colinas de basura, de tal manera que a la mañana siguiente el mobiliario urbano se veía transformado de manera dramática. Es imposible aburrirse en la Ciudad de Méjico. Las ratas y los perros callejeros contribuían a dispersar los deshechos y a crear, como hacen los niños de otras latitudes con la nieve, figuras inconcebibles, portentosas. Pero algún devoto tuvo suficiente ingenio para comprender que si en la misma esquina que tradicionalmente servía de basurero ocurría un milagro, todo cambiaría. Iluminada con luces de feria y adornada con flores, la Virgencita de Guadalupe ha hecho resurgir el espíritu religioso del mejicano que diligentemente colabora para mantener impecable la imagen y su entorno. De esta suerte, el milagro se ha venido multiplicando, y podemos encontrar en numerosísimas esquinas un estandarte que recuerda aquel que usara Don Miguel Hidalgo para proclamar nuestra Independencia.

La moralina. Se dice que el pueblo mejicano es mojigato, conservador y machista. ¡Cómo argumentar en contra de estos lugares comunes, si refulgen cada día con luz propia! Es verdad que el mejicano es moralino, pero eso no ilumina demasiado el panorama, pues su moralina es bastante compleja. Otros dicen que se trata de una doble moral: se dice una cosa y se hace otra. Pero eso es como pensar que el mejicano es hipócrita, y, yo, personalmente no lo creo. El mejicano es cobarde y quiere gustar, quedar bien con todos, y hace un esfuerzo grande por morderse la lengua, pero no es hipócrita, es congruente con su entorno y con su cultura, al grado de que cuando ve la ocasión y siente la confianza, normalmente dice abiertamente lo que siente. Yo no creo que haya una doble moral; pienso más bien que se suponen unos preceptos ideales y después, como Cantinflas, se hace humanamente lo posible para seguirlos —que es bien poco. Todos sabemos que se exige con rigor un estilo de vida imposible de seguir, y, por eso, todos conocemos también los escondrijos e intersticios para evitarlo. Además, si hubiera una doble moral no se explicaría la culpa, y el control y dominio se basan en el miedo al qué dirán y en la culpa. El mejicano no es un sinvergüenza, hace las cosas más vergonzosas y luego lo lamenta. Este continuado acto de contrición habla de la elevada calidad moral de nuestro pueblo.

La fiesta. Las fiestas mejicanas rara vez son alegres a pesar del baile, la lujuria y las carcajadas; siempre subyace una oscuridad inaprensible, una melancolía que no desaparece. El alcohol (y cada vez más otro tipo de sustancias) contribuye a la catarsis. Pero si estuviéramos contentos, verdaderamente alegres, no haría falta ninguna catarsis, porque cada día trascurriría con la tranquilidad y el bienestar de quien sabe lo que quiere y lo lleva a acabo. Pero esto es muy complicado en Méjico. Las perspectivas de futuro son escasas y es muy difícil construir sobre un terreno tan frágil, así que sobrevienen la frustración y la desidia. Entonces normalizamos la bacanal del fin de semana, las escapaditas y las canitas al aire. Es elocuente cómo han proliferado las diversiones escabrosas bajo la idea de una supuesta liberación. Pero ¿de qué queremos liberarnos? ¿De nosotros mismos?

La generosidad. Exagerar las virtudes también es un defecto, enseñaba nuestro querido mentor el Doctor Gastón Murillo: mucho amor al prójimo lleva a la concupiscencia, demasiada honradez a pasar por pasguatos, un exceso de caridad a ser irresponsables… Y no cabe duda de que entre las virtudes más arraigadas del mejicano encontramos un afán de dar, de obsequiar, de entregar sin tregua ni límite. Ahí tienes al escritorcillo obligándote a cargar sus cuatro libros ilegibles en plena fiesta, recomendándote mucho que no dejes capítulo sin leer; al marchante que te embute sin preguntar un insípido trozo de queso Oaxaca en el mercadillo; a tu amiga Mariana que te repite cien veces que no hay problema, que de verdad te puedes quedar a dormir. Y no es de extrañar que esta costumbre haya traspasado a las altas esferas de la política y los asuntos exteriores. Nunca las des antes de que te las pidan, escribía en otros términos y para otros propósitos José Ortega y Gasset, si toca darlas, pues nada, pero no sin que las pidan. Sordos al consejo del filósofo conservador, en mejicano, gustoso, parece urgido por deshacerse de todo lo que tiene. Y si no quiere, entonces pasa por avaro y egoísta. Marx suponía que la entrada del capital deslavaría las morales estrechas y produciría un progreso en las costumbres. Hoy sabemos que en parte se cumplieron sus profecías, pero a la manera del que le crecen los enanos. Entregarlo todo y tomar sin pedir a veces es la misma cosa, y una vez perdido el norte, sólo queda refugiarse entre la turba.

Las letras. En general, el pueblo mejicano es un pueblo infantil que carece de perspectiva y de memoria. Y para perpetuar el aniñamiento de nuestra mentalidad, las escasas veces que en la historia contemporánea han surgido pensadores que hubieran podido incidir en la transformación de nuestras costumbres, han terminado, a pesar de sus críticas, acomodándose en el seno del estado-gobierno. Y es que hay mucha confusión. En otros países los escritores no poseen esa aura de estrella inalcanzable y romántica que gusta tanto en Méjico. En otros lugares un poeta, es simplemente como un saxofonista, como un pintor, como un cantante, un artista con la capacidad de un discurso estético bien articulado. Pero en Méjico, país de analfabetas e ignorantes a los que hay que ilustrar, quien sugiere que posee la episteme, el logos, se ubica tres o cuatro escalones por encima. Y de ahí nuestra cultura de reyecillos y cortesanos. País clasista de base, cuyo racismo deudor de los años más crueles de la conquista española no se ha disipado nunca, desarrolló un eficaz entramado de exclusionismo letrado. No cabe duda de que Méjico sigue siendo un país de castas.

El patriotismo. Una de las cosas más bochornosas en mis largos años de exilio ha sido encontrarme con mexicanos de todas latitudes. Casi todos añoran la patria que no está, las costumbres perdidas, la comida. Mejicanos que no toleran, aquí, desde la lejanía, ninguna crítica, ningún comentario que ponga en conflicto las costumbres arraigadas, ninguna mordacidad. ¡Qué grande es México, con sus ríos, sus playas, la sierra, sus maras, sus enromes contrastes, los niños de la calle, sus gobernantes corruptos, sus opositores ineptos, sus sagaces narcotraficantes…! Pero después de tantos años de proscripción yo ya no sé lo que quiere decir ser mexicano fuera de una circunstancia administrativa que yo no elegí. La gente me sigue preguntando que idioma se habla en Méjico, pero no por ignorancia, sino porque no entienden por qué hablamos español y no mejor zapoteco o náhuatl: en Austria se habla alemán, me dicen, pero también estirio, y otras tantas lenguas; en Francia, bretón, alsaciano, euskera… Y sigue la lista. No sé lo que significa ser mexicano, sólo puedo decir que salí de mi país como si se tratara de un incendio, que cada vez que he ido a Méjico he lamentado muchísimo no poder marcharme más pronto de lo que había planeado. No cabe duda de que contribuyen elementos psicológicos, familiares, y lo que ustedes digan, pero desde que me fui he hecho un esfuerzo muy grande por acostumbrarme a este sentimiento sin herir a los que no pueden soportarlo. Sí, el mejicano es patriota y malinchista, moralino y libertino, ignorante y educado, romántico y cursi, inconsecuente, cruel, incontinente, silencioso y locuaz ¡y todo al mismo tiempo y bajo las mismas circunstancias!

En París, a Martín Luís Guzmán le preguntaban qué parte de Méjico le gustaba más. El Puerto de Veracruz, respondía sin dilación. ¿Y por qué, Monsieur Guzmán? Porque de ahí se sale, señores, bromeaba.

lunes, noviembre 17, 2008

Shamisen

Me levanto sobre las ocho de la mañana. Preparo el té, me ducho, preparo la partida y salgo al frío en bicicleta. Las manos se endurecen y un dolor que parece va a romperme los dedos se instala en los huesos. Llego al conservatorio, isla protegida por la cultura del miedo, al segundo día del curso de percusiones y canto japoneses.

Cantamos una vieja canción de pescadores, tocamos el poderoso tambor, y me dedico con fervor al lujoso SHAMISEN. Un instrumento complejo a pesar de su sencillez armónica: tres cuerdas (do-sol-do). Caja de resonancia de cuero de perro, cuerdas de seda, accesorios de oro, marfil, concha de tortuga, maderas antiguas y preciosas, jade. Y así pasamos la mañana, hiriendo el tambor con tantos golpes, oyendo el canturreo de la flauta de bambú, y mi shamisen.

viernes, noviembre 14, 2008

Leibniz

Hoy hace 292 años murió G. W. Leibniz.

Gracias a él he tenido la oportunidad de recorrer Europa. Gracias a él la vida que me ha traído hasta aquí como una avalancha. Todo lo demás es culpa mía. No tengo televisión y no he querido abandonar los sueños juveniles.

Había dicho emular la paciencia de las plantas, pero me corrijo: imitar a las arañas y su espera aparentemente aletargada.

Venía en la bicicleta de regreso a casa luego de un día donde amablemente me mandaron en diversos lugares a tomar por saco, y pensé que verdaderamete no había razones para seguir con vida. Ningún motivo legítimo que pudiera aducirse. Excepto por la sensación del viento enredando el cabello, del agua fresca resbalando por la lengua, las visiones felinas que suspenden la sordidez y el ruido. No encontré motivos para continuar con vida, porque no hay ningún sentido exógeno a esta trama tan íntima como invisible y anónima, inédita, manuscrita. Ninguna ruta cierta, ningún porvenir mejor que otro.

Y, en plena fuga, a dos ruedas, llegué a casa. Había olor a incienso y cogí la guitarra, y me quedé tocando hasta las horas prohibidas, y seguí pensando que fuera de eso no había motivos para seguir con vida. El olor de la lluvia. Caminar descalzo sobre la hierba.

viernes, agosto 08, 2008

De paso

Sobre las siete de la mañana ya estaba de pie. Me acompañan André Gide, Sénéque, e Hippoctrate, apócrifo en realidad éste último. Repasé la gramática francesa, que no me acompaña, sino que me persigue, y luego de un café con aroma a vainilla, me eché a la calle. Estas escapadas me gustan porque el ojo de la novedad me hace aventurarme por calles que a simple vista, à l'oeil nu, no tienen nada de extraodinario. Ah, pero descubrí que hay un cementerio detrás de la catedral del pueblo (si se puede llamar catedral a un templo portestante), cosa que no tiene nada de raro a no ser porque un grupo de polinesios se reúne justo enfrente para practicar sus cánticos y danzas melifluas. Más adelante hay un puente que no lleva a ninguna parte, y, detrás de una fábrica de cerveza Heineken (mañana salgo a hacer fotos) que recuerda películas como Metrópolis o los sueños bizarros de Dalí, se encuentra Le quartier des ecrivants. Tuve dos segundos de emoción al entrar por la calle Victor Hugo y atravesar Nerval. Pero la decepción fue muy grande. Creo que es el barrio más triste que he visto en mi vida. Por la calle de Gaule (hay cien calles de Gaule en cada pueblo francés) llegué hasta la piscina municipal, y comenzó la lluvia.

Aquí la gente no muestra mucho intrés por salir a la calle. Sólo en el centro se ven algunos grupos, casi siempre turistas, y familias que van de compras o bajan a cenar. En las clases procuraba informar a los alumnos que el lenguaje, la forma de hablar específica denota una peculiar forma de vida. Aquí la gente es demasiado amable, pero sin la franqueza, tan simpe, de los españoles. Gustan de las flores, la patissièrie, el deporte. Pero hay muchos niños, y aunque la gente no ríe como en otras partes del mundo, por lo menos hay muchas sonrisas.

miércoles, agosto 06, 2008

...Una pregunta

¿Y que se hace después de haber discutido el pensamiento de Hegel, defendido a Leibniz, vilipendiado a Kant, ensalzado a Séneca, admirado a Agustin, escrito sobre Nietszche, Schopenhauer y Marx, atribuido ciertas falacias a Descartes, olvidado a Plotino y a Aristóteles y a los viejos sofistas, criticado a Adorno, idolatrado a Platón, renegado de los postmodernos, llorado con Rousseau, aplaudido a Sartre, traducido a Spinoza, a Ficino, a Bacon, releído a Cardano...?

viernes, agosto 01, 2008

E.T.

Aunque todavía no tengo una actividad definida (julio y agosto están más muertos que Matusalén), me levanto temprano y hago mis rituales solitarios como prepararme el café, ir a la boulangerie mirar la calle desde el balcón, ducharme, leer, tocar la guitarra, tratar de imitar la paciencia de las plantas... Tengo esperanzas en encontrar trabajo. No he parado de repartir CVs, de dejar affiches ofreciendo mis clases, de moverme por la ciudad para tratar de encontrar gente afín. Pero, a veces me pregunto, ¿qué sería eso? Esta vez no vine desde lejos huyendo de nada, como hubiera podido ser el caso de mi estancia veracruzana o de mis diversos yerros europeos. De alguna manera viene más con la búsqueda en la mochila, con una mochila ligera y los pies llenos de polvo de tanto estar pegados a la tierra. Supe ayer que hay una asociación mexicana (¡los mexicanos estamos en todas partes!) de nombre autóctono. Ya había presentido desde mis estancias berlinesas que ser mexicano en un país que no fuera España podía ser más fácil. Y es verdad, apenas dejé la madre patria y volvieron los giros retóricos, las danzas sinuosas de la lengua mexica. ¡Hasta Eléna se ha contagiado del ¡no manches!, y del ¡órale! Purezas impuras en este vecindario de franco-africano.

Hablaba con un turco, músico él y dueño de una épicerie (tiendita de la esquina) sobre el origen y las tradiciones —había removido el barrio en busca de picante, picante de verdad, no este piment fort que asusta a los árabes cuando les preguntas, pero sin éxito—; instrumento en mano (una suerte de mandolina cuello de cisne) decía: 35 años en Francia, pero yo no soy francés (no sé habrá llegado a los 14 o 15 años de edad), si, del documento, del idioma, pero mira, te veo con la guitarra y… comenzó a tocar sus melodías extraordinarias.

Filosóficamente nos ha quedado claro que la identidad es una construcción mental en la que contribuyen factores sociales (dinero, amistades, barrios, costumbres ciudadanas, comercio, publicidad), pero también el espejo, y un sentido ofuscado de la estética del cuerpo (dónde está y de dónde viene son dos preguntas diferentes). Aunque el yo sea una construcción artificiosa, una vez consolidada la ficción se vuelve real. Real en el sentido de los poderes imaginarios con que revestimos la autoestima. El ego se hincha o adelgaza según el nivel de nuestras aspiraciones y la mirada despiadada de los otros, que contribuyen, y este es mi caso aquí, a recordarnos que somos un poco extraterrestres. En la fiesta madrileña que festejaba la ley que permitía el matrimonio entre homosexuales, una mujer obesa, casi calva, con los escasos cabellos que le quedaban pintados de morado, su marido, tan delgado como un espagueti y con unas gafas tan gruesas como un antifaz y sus dos vástagos, el Albóndiga y la Escama, como los llamaba su madre, llevaban escrita en el pecho la proclama Todos somos raros.

Es inevitable, nuestra rareza es congénita, ¿para qué esconderla? Sí, lo friki se puso de moda en España al grado de que lo más raro del mundo era trabajar honradamente, preferir el mosto al vino tinto y salir a correr al parque entre semana. Pero también es más fácil ser extraterrestre en otro planeta a serlo en el que has nacido. Aunque ojo: para el que ha venido de otro planeta, los extraterrestres son los que de antiguo estaban aquí.

sábado, julio 26, 2008

Tras-lado

Pido una disculpa a los lectores del blog por las escasas entradas que he venido publicando los últimos meses. Entre otras cosas que dificultaron mi presencia puedo referir que la beca doctoral que tenía terminó y con ella mucho tiempo libre desapareció súbitamente, también tuve que preparar el cambio de una nueva vida, pues me he marchado de Madrid para venir a radicar a las tierras francesas. Esas y otras cosas que abajo refiero han venido a alejarme de este lugar tan querido por mí, ya que es una especie de refugio, como los cafés cantante de otra época, donde siempre encontramos y reencontramos a los amigos.

Los últimos mese madrileños han sido vertiginosos. Trama hilvanada por un viaje a México (del que me traje astillas de los vidrios rotos en la juventud), diversos cambios de trabajo y los planes de la boda.

Filósofo de profesión, no he sabido hacer otra cosa que pensar, hablar y dialogar con la gente. Y así he venido ganándome la vida, la nueva, la vida sin becas ni apoyos del estado —sí, se acabó la Teta, a Dios gracias—, incluso sin papeles de trabajo, como cajero de una tienda de bisutería, dibujante de tatuajes, encargado de una peluquería, profesor de inglés, de español para extranjeros, guitarrista, conferenciante, jefe de personal, periodista y actor.

Imposible frecuentar esta página o el diario íntimo, o las libretas que me han acompañado estos ocho años ibéricos como única familia. Ni tiempo, ni energía, pues todo el aliento vital se ha ido en la construcción del presente, en la invención de un porvenir. Escribir para mí siempre ha sido un ritual de distanciamiento (físico, mental), y ahora me percato de que lamentablemente de mis viajes, de las cimas y los acantilados sólo tengo aire y polvo, ningún deseo, ninguna duda consignados, ningún papel del que pueda recuperar las huellas que no se quedaron.

No he dejado de escribir, sin embargo, porque he vivido con palabras en los ojos, con una conjuntivitis de palabras. Por otra parte, en el último año y medio la música volvió a adquirir relevancia cotidiana. Hace muchos años, tantos que no sé, conocí el flamenco a través de un escocés que daba clases semisecretas en los antiguos Estudios Churubusco. Un personaje generoso, que combinaba el deseo de transmitir su pasión flamenca con el cansancio y la ansiedad. Nunca nos hablaba directamente ni nos miraba a los ojos (jugaba al golf, me acuerdo, y daba clases de inglés en un colegio bilingüe), nos miraba las manos, nos hablaba con su guitarra. Aprendí algunas cosas que nunca olvidé, y en España, desde mi llegada perseguí el flamenco sin pausa, pero sin verdadera disciplina. Por eso, pienso, se me negó como hubiera hecho cualquier persona sensata que se sabe cortejada por un sinvergüenza (lo que pasa es que no somos sensatos). Pero la constancia es más fuerte que el destino, como dice el I Ching, y, al final, de manera extraña e inesperada, vi al Duende.

Conocí a los muchachos de Pedro de Miguel, tal vez los mejores constructores de guitarras de España en este momento (aprendices de Ramírez, padre), y, a través de ellos el verdadero mundo flamenco que subrepticio y silencioso transita las grutas madrileñas. Sí, hay grutas en Madrid, y el flamenco bueno, el de verdad, que ya no está en las casas de los señoritos ni en los teatros se oye en agujeros, en los sótanos, muy de madrugada. Tal vez el flamenco sea lo único verdaderamente underground que haya en Madrid, pues la vida nocturna sin fin, deja al descubierto hasta las obscenidades más terribles. Madrid está llena de zombis cada día, y el Duende, como es natural, huye de los zombis.

Rubén, un tatuador de profesión jardinero, músico apasionado y dueño de un estudio de grabación independiente, me hizo ver otra vez (cuando las negativas editoriales llegaban a mi puerta insistiendo en lo importante que era mi trabajo pero en lo impublicable que les parecía), me hizo recordar que los increíbles momentos que se obtienen al lado de la guitarra son invaluables.

Comencé con mi amigo Gabriel, que es portugués, pero que se siente más español que los andaluSes. Gran guitarrista, impaciente y magnánimo a un tiempo. De su padre, heredero del título de una familia rancia del corazón de Lisboa, aprendió el placer por el vino y la diletancia, de su madre, plebeya destinada a demostrar su valía, funcionaria de la Unión Europea en Bruselas, los idiomas (habla francés, inglés y español tan perfectamente como el portugués), su tenacidad desapasionada por el trabajo. Su enorme melancolía creo que nació con él, le habrá venido del aire de Lisboa, de las calles empedradas.

Pero la técnica flamenca la aprendí realmente del Entri, “profesor gitano de guitarra”, como le gusta llamarse. El Entri tal vez sea el mejor profesor de guitarra que haya en España en lo que se refiere al flamenco; entendamos que se trata de una música que se transmite de manera oral. Daba sus clases en la alcoba, como cuentan que hacían el Niño Ricardo y Ramón Montoya; ponía las sillas al pie de la cama, donde siempre había una o dos guitarras para elegir, si es que no llevabas guitarra, junto a una enorme Biblia evangelista, que citaba con frecuencia cuando comparaba el flamenco con la vida: el Flamenco era su vida —es la nuestra. Nos hicimos amigos al grado de planear un negocio juntos: la primera Academia de Guitarra Flamenca en Madrid. El sueño era difícil de cumplir, pues los socios (había otros dos amigos suyos) éramos pobres, y él sospechaba ingenuamente que colaboraríamos con dinero. Hicimos planes y nos dimos cuenta de que le negocio sólo obsequiaba números rojos. El Entri nos hacía soñar a todos. Cerraba los ojos y decía: “yo soy como un niño, déjenme soñar”, y entonces nos contaba sus proyectos descabellados pero hermosos.

En esa época comencé a trabajar de profesor para el Ejército Español como profesor de inglés, y tuve que dejar de frecuentarlo. Era un trabajo de locos, de un cuartel tenía que salir corriendo —literalmente— a otro, sin tiempo para comer casi siempre. Si había suerte podía engullir en el metro un bocadillo de tortilla y una barra de chocolate.

El Entri, un portento de profesor con las manos de un gigante, le temía a las moscas, quién sabe qué antiguo trauma arrastraba; cuando una de estas moscas verdosas que abundan en Madrid, especialmente en los barrios del sur entraba a su casa, en una danza de aspavientos infantiles nos pedía a mí y a su mujer que por favor la sacáramos. No se quedaba tranquilo hasta que su mujer le aseguraba que ya no había peligro.

Del Entri aprendí los palos más importantes del flamenco y la técnica básica, pero fue con el Viejo, o el Viejín, hijo del famoso bailarín el Tupé, como se le conoce mayormente, con quien comencé a perfeccionar la técnica. El Viejín también da clases en su casa, pero en un estudio que tiene preparado. Como guitarrista es de un virtuosismo asombroso, y como persona, su humildad y tranquilidad lo hacen un personaje excepcional. Supersticioso como casi todos los gitanos, eso sí, pero de gran corazón. Su mujer, que funge como su secretaria y confidente es una persona cariñosa y carismática, llena de vida y de luz, locuaz, a diferencia de su marido y alegre. Gente positiva que aporta a la vida mucha alegría, tal vez fruto de los padecimientos que como raza históricamente siempre han padecido, pero esa es otra historia que ocupará otro momento.

Guardo cada una de las clases tanto del Entri como del Viejín en forma de grabación. Horas magníficas donde se pueden escuchar su forma de tocar, sus consejos, sus apreciaciones sobre la vida y la historia del flamenco y de la música. Horas invaluables y dichosas. “¿Sabes cómo terminan siempre nuestras clases?” —le preguntaba orgulloso el Entri a sus amigos— .“Con un abrazo”.