miércoles, octubre 17, 2007

Wien

Siete treinta y cinco de la mañana. Un cielo adolorido de nubes que vertiginosas se desgarran. Buscaba tus ojos en los muros, las calles impecables de ti, las ruedas de los coches. Buscaba tu vaivén engreído y poderoso en los pasos de cebra; me asomé a las ventanas, entreabrí portales malagradecidos, escruté las oficinas donde la gente de idéntico semblante se cruza civilizada y autómata. Sin simpatía. Sin amor. Y fui a ese bar del que una vez me hablaste, y no bebí, pero escuche tu risa: Scheisse! Pudiste estar ahí arqueando las cejas, preocupada por el cigarrillo que no disfrutas, escuchando gente que no tiene nada que decirte, y pensando, inevitablemente, que estarías mejor en otra parte.
Y sentí que esta ciudad tampoco es para ti. Y supe que este no era mi camino y que los dioses —sí los hay— no habían querido abandonarme en medio de estas aceras, de estas calles tan perfectamente pavimentadas. Pero reconozco que Viena es un lugar luminoso, que mis gritos y mis pantalones viejos desentonan (bastante) con el beige de las paredes, con los coches y las señoritas que caminan aprisa. Y sentí que mi pobreza es un alarde, una burla, una falta de cortesía. Te busqué con insistencia en cierta calle, a cierta hora, y no te vi; creo que te confundí con el paisaje.
Visité a los Grandes Maestros, sin placer, sin tedio. No voy a negar el cosquilleo estomacal que me produjo el perfil de una azafata; tampoco el rubor de no entender tu idioma. Dormí poco, comí mal. Caminé demasiado. Té negro, aceite de calabaza, ajo, ensalada, comino.
En estos momentos que estoy a punto de marcharme, y que sé que no te encontré, que no me viste aunque nuestros cuerpos hubieran chocado entre la turba, estoy contento, agradecido de que la vida no hubiera cambiado nuestros rumbos.

lunes, octubre 15, 2007

Un viaje

Lessingsrasse

Paseo en bicicleta por la rivera del Spree. Caen unas gotas minúsculas que son más brisa que lluvia. Atravieso el camino de piedra y silencio. Frente a mí una pareja avanza con el ritmo de los antiguos bailes de salón, como una balsa que se esfuerza en romper las olas. Tal vez pudiera adivinarse una sonrisa cómplice, tal vez podría inferirse el amor, las noches de genitalidad y alegre tortura en los breves, casi invisibles momentos que cruzan la mirada. No hablan. No se toman de la mano. Respetan su espacio vital de metro y medio de diámetro. Es muy temprano. Es julio. Pero el cielo parece una rata que suda y se sacude. Cada uno con su paraguas contra el cielo: bóveda, cápsula, carpa protectora. Y avanzan con el rostro tranquilo, sin prisa, sin pasión, elegantemente, asépticamente.

***

Papel alle.
No hay ruido. No hay música. No hay carcajadas ni besos ni gritos. En los coches un autómata solitario sujeta el volante. Los peatones, atados a sí mismos, fijan la mirada en los rostros que se cruzan, sin preocupación, sin interés hormonal o antropológico (una mirada limpia, desnuda, fugaz).

Mi bicicleta salpica a los paseantes. ¿Se habrán dado cuenta?

***

Episodios de rabia contenida
Mi bicicleta carece de timbre, lo que me ha orillado a emitir un agudo silbido cada vez que lo he creído conveniente. Sin embargo, nadie ha parecido percatarse de mis avisos de peligro (comenzaré a frenar de golpe: las llantas de la bici rechinan de una forma insoportable). Ahí estaba yo, chiflando por la Karl-Marx Alle a una familia cuya inocente determinación parecía asentarse en la acera. Disminuí la velocidad y aumenté el vago sonido de mi boca. Vislumbré una brecha e intenté la escapada. Pero justo en esos momentos, la pequeña, que había permanecido en una especie de trance anclada al pavimento, dio un paso en falso. ¡Scheisse! Rocé ligeramente a la nena (que ni siquiera se inmutó), y apreté el freno.

Este suceso insignificante se vio seguido por una avalancha de pasmarotas, injurias —imagino— y gritos proferidos por el buen marido que de súbito se transformó en bestia. Increíblemente yo estaba tranquilo, y, al ver esa mandíbula desencajada, esos ojos saltones, las venas en el cuello, pensé: "¿De verdad te vas a atrever a pegarme?" Cuanto más se me acercaba, inexplicablemente me sentía más tranquilo. Que levantara el puño y fuera sujetado por un chaval rubio y altísimo fue la misma cosa. Pero el monstruo, que seguía gritando cosas que nunca sabré, consiguió zafarse y vino a la carga de nuevo.

La escena era curiosa, porque estábamos al pie de una terraza, de la que nos separaban únicamente tres o cuatro maceteros. Yo me encontraba entre la bicicleta y las matas. Ahora pensé: “Basta con que suelte el primer golpe y toda esta historia va a cambiar”. (Se llama Opinel, mide 8 centímetros y habitaba mi bolsillo junto a un diapasón.) Me disculpé en francés, en inglés, en español y en ruso (ruso no hablo, pero sé pedir disculpas por cierta historia que me ocurrió en Chicago). Io non parlo l’Almand —dije—, escusi, signiori. Y en ese momento, en el que ya podía oler la transpiración de mi adversario y hurgaba en el bolsillo buscando la Opinel, un turco o paquistaní o indio que emergió detrás de un árbol, le gritó unos fonemas que le redujeron la talla. Luego me tomó del hombro y me invitó a que me marchara con un inglés británico de elegante pronunciación.

En Friedrischstrasse.
Si me pagan por ello les prometo que no volvería a realizar mis labores cotidianas y me quedaría aquí, entre la turba, admirando el espectáculo que incesantemente se repite, siempre distinto como los paisajes del calidoscopio. La vocación de flâneur, de paseante-mirón se me ha agudizado en mis años de exilio.

Yo diría que la ciudad es silenciosa pero no tranquila. No parece haber ninguna preocupación que justifique el ceño fruncido, y tal vez por eso la gente (a diferencia de Madrid) las gentes no lo fruncen. De hecho no parece haber ninguna preocupación, y el culto a la queja, tan arraigado en nuestros hábitos hispanos, parece no tener lugar: las personas no muestran sus debilidades, se ocupan en seguir el rumbo de las costumbres civiles, y parecen confortados al ver que los niños y los extranjeros les imitan; no muestran sus estados de ánimo y parecen sintonizarse en una frecuencia de ecuanimidad despierta, abierta. Pero basta que el orden, tan frágil, se trastoque, y no son capaces de tolerarlo. Parecen tener tan clara la diferencia entre las cosas que se deben hacer que les causa temor hacer algo indebido.

Un hombre atraviesa la calle con su perro (uno de esos que en México llamamos boxer). A punto de alcanzar la acera el perro se detiene a olfatear el asfalto. El hombre no presta importancia a la bestia y sigue su marcha, pero cuando llega a la esquina advierte que el animal se ha relegado. En vez de llamarlo, lo espera pacientemente [hay mucho silencio y poca expresividad gestual en todo esto]. El perro no viene, el rastro lo desvía unos instantes. Pero los perros son bestias dependientes, así que, apenas advirtió la ausencia del amo fue en su búsqueda. Los coches se acercaban y el semáforo había cambiado las luces. Un despreocupado lanzó el automóvil contra el animal, que salvó el pellejo de un salto. El hombre explotó. ¿Dónde estaba la serenidad y la paciencia? ¿Dónde el buen ánimo? Estalló de forma grotesca, era como si una rabia antigua se diera a la fuga, desinflando su pecho, manchando la avenida.

En un café de la Griefwalderstrasse
De desayuno, un café y un bollo de azúcar y trocitos re rubarbo. No hablo alemán y me aprovecho de la condescendencia de la dependienta. Señalo el bollo y me devuelve con señas, como si fuéramos mudos, sus amabilidades. NO, el bollo no es para llevar, al fin me entiende y me extiende el café. Ya en la esquina, junto a una pecera sin peces y una vietnamita que duerme con la boca abierta, observo a la los comensales. Tranquilidad. Alegría. Tabaco. Son las 8:20 de la mañana.

Un hombre entra con su hija en los hombros (como un tótem de dos cabezas) seguido por una carriola y su mujer. Pide un café para llevar. Parecen tener prisa y buen humor. Nadie, ni siquiera la dependienta ha visto a una anciano que exige un chocolate caliente. Canapés de huevo, salami, ensalada; vasos de leche, más café; bollería y sonrisas. El anciano aferra su chocolate caliente como los niños de pecho sus sonajas. Quiere volver a su sitio. El tótem ya se retira, y en busca de equilibrio da un paso hacia atrás. Ni con las dos cabezas pudo ver al viejo a quien inevitablemente se le derrama la bebida en las manos.

Fútiles, pequeños, insignificantes situaciones que en Madrid, por ejemplo, habrían terminado con un amable “no pasa nada”, desatan, sin embargo, una furia extraña y ridícula, subrepticia, aguijoneada. La molestia del viejo se justifica, como la prisa del que llega tarde. Pero ni los insultos ni las pasmarotas ni las quejas cambian el devenir irremediable.

Potsdam
Las esfinges de la plaza Otto me causaron desde la primera vez que la vi, revestidas de niebla, una excitación incomprensible. Musculosas hembras de pechos macizos, muslos de bestia, rostro de inocencia. Apunta cada mirada como flecha al norte, al sur, resguardando fieramente su sexo entre las patas felinas. Sonríen como brujas, carnívoras, caníbales.

Quisiera ser devorado entre sus garras pétreas, saborear su lengua de sangre y abrazarsu pecho agitado y abrasarme en el placer de verme extinto en su belleza.

Hoy no hay niebla. Hoy un cielo gris y obreros que se afanan en retocar el pasado.

lunes, julio 16, 2007

BERLIN

Lessingsrasse

Paseo en bicicleta por la rivera del Spree. Caen unas gotas minúsculas que son más brisa que lluvia. Atravieso el camino de piedra y silencio. Frente a mí una pareja avanza con el ritmo de los antiguos bailes de salón, como una balsa que se esfuerza en romper las olas. Tal vez pudiera adivinarse una sonrisa cómplice, tal vez podría inferirse el amor, las noches de genitalidad y alegre tortura en los breves, casi invisibles momentos que cruzan la mirada. No hablan. No se toman de la mano. Respetan su espacio vital de metro y medio de diámetro. Es muy temprano. Es julio. Pero el cielo parece una rata que suda y se sacude. Cada uno con su paraguas contra el cielo: bóveda, cápsula, carpa protectora. Y avanzan con el rostro tranquilo, sin prisa, sin pasión, elegantemente, asépticamente.

***

Papel alle.
No hay ruido. No hay música. No hay carcajadas ni besos ni gritos. En los coches un autómata solitario sujeta el volante. Los peatones, atados a sí mismos, fijan la mirada en los rostros que se cruzan, sin preocupación, sin interés hormonal o antropológico (una mirada limpia, desnuda, fugaz).

Mi bicicleta salpica a los paseantes. ¿Se habrán dado cuenta?

domingo, mayo 20, 2007

Sentado en el salón de mi casa; más precisamente, en una silla plegable de madera que he puesto en una esquina. Bebo una taza de café y observo el entorno. Me llevó dos horas hacer una limpieza profunda. Baño, cocina, habitaciones, polvo, algún insecto, ventanas, mesas, las plantas y sus hojas. Reconozco mi rastro por las cosas, por su disposición, su familiaridad, su sigiloso olvido. Dos diccionarios de francés junto a unas gafas cuyas patas sirven de separador al Poeta en NuevaYork; sobre la mesa de centro tabaco, atacador, el primer borrador de un libro del que ignoro el desenlace, un diapasón, mi viejo reloj Casio Batteryless, las velas que trajo Eléna para festejar su advenimiento. Mi guitarra flamenca reposa sobre el sofá víctima de las agitaciones nocturnas; pipa, navaja, Leibniz, el Niño Ricardo, botella de agua Santolín, un par de tenis, mi apreciada chaqueta marrón, papeles, piedras de las murallas de Ávila. Por la ventana, abierta desde la madrugada, entran flotando el polen y las moscas. Mis pies se adhieren al parquet gastado. Pienso que el salón es un espejo que refleja el rumbo de estos días.

martes, febrero 13, 2007

Estreñido

Cuando a mi ex mujer le dio la vena de largarse, y dejó aquella nota en el refri que decía: “Ya no hay más platos que romper. Te quise”, conocí el verdadero estreñimiento. Reacio a la promiscuidad de los retretes públicos y consecuente con el instinto que me hacía delimitar mis territorios, desde los tiernos años de la infancia había padecido un bloqueo de las facultades fisiológicas cada vez que salía de viaje o me iba de parranda. Asco y envidia me producían aquellos que, con la misma naturalidad con que una anciana se queda dormida viendo la tele, se internaban sin pudor en el escabroso universo de los baños públicos. Pero este rasgo de higiene poco tenía que ver con el verdadero estreñimiento, porque aquí una neurosis deliberada desviaba mis apetitos hasta que no regresaba a casa o me apropiaba del lugar y afirmaba mi individualidad abandonando un aromático desecho: mi voluntad terminaba por imponerse. El estreñimiento es otra cosa, corresponde más a ese quiero, pero no puedo que tanto se parece a las hesitaciones morales.

Esa misma tarde, lleno de júbilo, recurrí a mi agenda telefónica para dar parte a los amigos, pero cuando descubrí con horror y placer que estaba solo, que era libre, comenzó la tragedia. Preso de una ansiedad desconocida me arrojé a la calle tardes, noches enteras, y como un vendedor de enciclopedias a domicilio no me cansé de recibir portazos en la cara, cubetadas de agua fría. Mi condición de perro callejero duró no sé cuánto tiempo hasta que se me ocurrió la idea de refugiarme en una taberna. Pero qué mala la idea de buscar a Irene en el bar Conspiradores —adonde nunca se paraba—; ¡ay!, y peor aquella otra de no moverme de la barra bajo la ilusión de que así le sería más fácil encontrarme —¡si no me buscaba! Lo único que se me acercaba era el Anís del Mono con un hielo, esa copa de burbuja que parecía estar a punto de reventarse en mi mano.

Del trabajo a la taberna, porque no podía pasear ni estar en casa: todos los rincones de la ciudad me recordaban nuestras caminatas románticas, las plazas me traían el sabor de sus besos, los puentes y parques llenaban mis oídos de su risa, de su conversación pícara y entusiasta; así era Irene. Cada mueble, cada objeto del apartamento me recordaba un viaje, una historia en cuya trama quién otra si no Ella era el personaje principal. Y en la taberna Conspiradores, anís y tapas, y mi infantil reticencia a aventurarme al baño para realizar mis deyecciones. La casa, abandonada semanas y meses, también me resultaba ajena, antipática. Al estreñimiento físico sobrevino uno más atroz: el mental. Me quedé sin ideas, sin aspiraciones, sin deseos… ¡Miento! Estaban ahí, podía sentirlos abultarse en mis entrañas, pero se negaban a salir, a mostrarse con toda su fetidez y su fealdad. Yo pujaba, me quedaba horas frente a la máquina con la página en blanco, asía los apuntes de los libros abandonados con rabia, me tiraba de los cabellos, me hacía masajes en las sienes: todo era inútil. Ninguna palabra salía de mi testarudez de esfinge. Rendido, agobiado por mi propia impotencia volvía al bar Conspiradores, y, ahí, acariciando la burbuja de cristal, después de un par de tragos de anís, venían las imágenes, las ideas como un torrente, pero, insensato de mí, no llevaba papel, ni pluma, y las rasposas servilletas me disuadían a execrar en ellas mis perturbados silogismos.

La migraña estomacal me dejaba inmóvil, como iguana en peligro, aferrado a mi anís, o entornando los ojos frente a la pantalla de la máquina. Embrutecido por la desgracia renuncié a la tesis doctoral, a las reseñas, a los relatos, a todo aquello que me vinculaba a la vida, al recuerdo de Irene, y dócilmente comencé a asumir mi condición de batracio. No sin repugnancia me sumergía en la ciénega de los tugurios, y cantaba al oído de las mujeres que se incrustaban en mis brazos un lamento desafinado. Al alba, a la hora en que comienzan a despertarse los motores de los coches me encontraba más desdichado y misántropo que nunca.

¿Años? ¿Meses? Acaso sólo días de eterna desesperanza, de refinada melancolía, pero para mis carnes avejentadas, mucho tiempo después, a las puertas del metro Alonso Martínez, la vi. Yo traía unos retortijones de lujo y una libreta grasosa y arrugada en el bolsillo. La vi. Irene llevaba los brazos de Ordóñez alrededor de la cintura y una cola de caballo: me dio risa. Me dio risa, me dio pena, me dio alegría. Es así de simple: después de tantas noches de insomnio, de tantas conversaciones psicológicas, de tantos tragos dolorosos e inútiles, una mañana te levantas canturreando una canción que no te gusta y de repente descubres que ya no estás pensando en ella, y los lugares maravillosos que se habían vuelto insoportables regresan a una neutralidad pacificadora, serena, y sales a la calle, y, ¡zas!, en el lugar más ordinario te la encuentras. Qué fácil. Qué fácil era, me dije entre risas antes de besar su mejilla, y un sonoro pedo al estrechar la mano de Ordóñez, un sonoro pedo como las Trompetas del Juicio Final, desvió mi camino hacia una nueva vida.

jueves, noviembre 02, 2006

Hablamos de ellas. Tratamos de asirlas con descripciones y adjetivos. Referimos sus reacciones, sus debilidades, sus estados de ánimo. Pero cuanto más hablamos de ellas se tornan aún más lejanas, inasibles.

Hablamos de ellas con angustia y deseo. ¿Llanto? Entre hombres, entre amigos no hay secretos. Ahí estamos: desnudos y frágiles cuando hablamos de ellas.

Hablamos de ellas y no alcanzamos ni a rozar levemente esa piel, esa falta de delicadeza, no terminamos de percibir esos ojos tan grandes y asombrosos.

Hablamos de ellas, pero no como una forma de hablar de nosotros mismos, porque cada vez que hablamos de ellas nos vamos quedando más vacíos, más necios.

Hablamos de ellas, y decimos siempre las mismas cosas de la misma manera, y, sin embargo, es como si fuera la primera vez que pensamos, que nos atrevemos a mencionar ciertos detalles, ciertas palabras. Nunca hay hastío.

Todas son distintas, cada una con su forro de peculiaridades y neurosis. Y si me preguntan en qué se parecen, no sabría decirlo. Tal vez sólo tengan en común que han estado aquí, conmigo, abrazando esta carne un poco envejecida. Tal vez sólo tengan en común haber besado esta cara, mojado este cuerpo con su cuerpo. Y no es poco. Si en algo se parecen es en la trama de esta historia que propongo, siempre la misma. Como si únicamente en la repetición de los mismos actos, de las mismas palabras, de los mismos juramentos, encontrara la comunión, el sentido. Y cada vez, por increíble que parezca, la historia es tan distinta: nada, absolutamente nada es predecible. Sé del dolor de la partida, de la confesión de esa noche con el amor mal compartido, de los excesos y de las costumbres que se arraigan y luego se disuelven.

Hablamos de ellas. Creo que es lo único que hacemos.

Hablamos de ellas y nos reímos de nosotros mismos. Y, efectivamente, suena una risa amarga, estrepitosa, una carcajada oscura.

domingo, agosto 27, 2006

G.E.R.I.T.L.

Hoy hace muchos días que no se sabe nada de ella. Desapareció. Dijo: mañana te llamo, y no se supo más. Solía desaparecer. El teléfono sonando y sonando o esa voz mecánica del contestador en una lengua extranjera, la bandeja de entrada del hotmail siempre vacía, café frío en la terraza, los dedos apretando el móvil, las cejas levantadas, las horas rellenas de chatarra.

Solía desaparecer. Se tomaba su tiempo para las decisiones escarpadas. Pero al cabo de pocos días volvía como una ráfaga, llenándolo todo con su risa, borrando mi aprensión con su alegría. Puedo imaginarme su cara cuando acaba de despertarse, la forma como agitaría las manos si me plantara frente a ella sin aviso, su sonrisa, aunque en el fondo preferiría que me marchara. Puedo imaginarme también cómo son sus días, sus conversaciones, sus momentos yermos. Imagino por qué ha desaparecido, por qué ha preferido el silencio, borrar su rastro, a decir esas palabras que me dejarían sin consuelo, pero que aniquilarían la incertidumbre. Sé además —o creo saber— exactamente dónde está y qué hace.

Me gustaría decirle: en Madrid los días se hilvanan apacibles, sin otro vértigo que tu taza vacía, sin otro alivio que leer en el espejo que el sol brilla (aseguró que brillaría el sol el día de su partida, así lo dejó escrito en el espejo). Le diría que he conocido mucha gente, que el jueves pasado fue estupendo ir a la piscina, que no dejo de escribir, que he leído tanto como otros beben para borrase la memoria, que los paseos son cada vez más largos y las noches más cortas.

Pero preferiría que hablara ella, como suele hacer, de muchas cosas para evitar el tema que le punza, para decir ¡aquí estoy!, aunque en verdad esté tan lejos.

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lunes, julio 31, 2006

Hannover (Hangover)

Ya desde el avión que me llevaría a Ámsterdam adiviné que este viaje se convertiría en una aventura. Emparedado entre María Teresa, enfermera alegre y de conversación fluida e impactante, y un joven filipino, cuya obesidad le impedía desplegar la mesita, pasé las primeras dos horas. La chica se extendía sin pudor en los detalles macabros de su profesión (también era veterinaria), y hacía comparaciones exquisitas entre los animales y los humanos, mientras sus palabras eran decoradas y fundamentadas con los bufidos del obeso que no dejaba de gruñir a la azafata y que señalando reiteradamente su abdomen se negó a moverse para que yo pudiera alcanzar el baño.

A Holanda llegamos con algún retraso, poco significativo si no hubiera sido porque mi conexión a Hannover debía realizarse con la mayor celeridad. Apenas tuve tiempo de ir al servicio (donde noté con simpatía que los mingitorios del aeropuerto siguen teniendo una mosca dibujada en el fondo, como invitando a afinar la puntería), y despedirme afectuosamente de mi acompañante de vuelo.

El trayecto a Hannover resultó parecido a un viaje en la montaña rusa. La avioneta, de cuatro hélices, se debatía con las nubes, y a la hora del aterrizaje no faltó quien levantara las manos como si descendiera de un tobogam.

Algo tienen las ciudades alemanas que resultan familiares, quiero decir, agradables y sencillas; da la impresión de que te estaban esperando y que las cosas se han configurado con el fin de que las habites lo más cómodamente posible. Tal vez el único contratiempo fue mi escasa pericia en el manejo de las máquinas expendedoras de billetes, cuya lógica me rebasa: la hoja de instrucciones en los tres idiomas que puedo leer y comprender me resultó ininteligible, así que mientras trataba de hablarle a la máquina con voz seductora con la esperanza de que se volviera más flexible, perdí el tren. Finalmente adquirí el billete más barato (que de chiripa resultó ser el correcto) y, media hora más tarde, ya estaba camino a Hannover Hauptbahnhof. Afuera de la estación, en una plaza que lleva su nombre, una gallarda escultura de Ernst August montando un caballo igualmente soberbio, el Duque que se encargó de bloquear los trabajos intelectuales de Leibniz, señala amenazante el centro de la ciudad.

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Me detuve unos momentos para mirar su efigie. Pensé en las horas que Leibniz tuvo que dilapidar escribiendo la historia de su estirpe, en las innumerables veces que le pidió más tiempo, ayudantes, dinero…, sin respuesta. He visto en Postdam los enormes —en todo sentido— volúmenes que Leibniz dedicó a la historia de la Casa de los Guelfs. Horas incalculables de trabajo, viajes por toda Europa en una época donde para llegar a París desde Hannover tardabas seis semanas.

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Instintivamente me encaminé hacia el Hotel Orient, que había reservado por Internet y que se sitúa en la Odeonstrasse, muy cerca de la estación principal y al lado del centro. La calle Odeón, eso lo supe después, es famosa a causa de una discoteca dedicada al desenfreno y un bar algo lúgubre que no cierra nunca. Arribé al Hotel Orient sobre las cuatro de la tarde, un lugar limpio y agradable, decorado a lo turco, de aire decadente y mágico al mismo tiempo —escenografía ideal para filmar una película de época. La habitación era cómoda y sencilla con ducha y retrete, cosa difícil de encontrar en estas zonas por un precio tan bajo.

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Dejé mi equipaje, me refresqué la cara y la espalda (hacía un calor veracruzano), y me dirigí a la Universidad. El VIII Internationaler Leibniz-Kongress había comenzado ya. En el recibidor del edificio principal me encontré a la Profesora Roldán, que me dio la bienvenida con efusividad, y me llevó a la mesa de registro. Recibí el gafete, las publicaciones, la inapreciable bolsa Leibniz (esta vez de color azul marino) de manos de una chica que tenía los brazos y las piernas cubiertos de tatuajes que representaban con inquietante realismo arañas, cucarachas, hormigas, lagartijas… Enseguida encontré viejos leibnizianos conocidos, y entre bromas monadológicas que sólo a los leibnizianos nos mueven a la risa pasamos una tarde sudorosa y divertida. Las horas de sol que le restaban al día (oscurece sobre las diez y media), me dediqué a caminar sin rumbo por el centro, entretenido con pequeños hallazgos: el rostro de Neptuno en las profundidades del río, Hanna Arendt convertida en vereda de un parque, gárgolas contemporáneas en las esquinas de alguna biblioteca, las fachadas ahumadas de los edificios que no fueron destruidos en la guerra, ropa tradicional (nunca la había visto), punks antinazis, calles sinuosas, sin coches ni gente, el olor de los dönnerteller y el páprika…

Desperté al día siguiente a las seis y media de la mañana. La delicadeza de los obreros que frente al hotel terminaban la construcción de un edificio, me obsequió la posibilidad de presenciar el movimiento de la ciudad cuando despierta. Desayuné en un café cercano un bocadillo de queso y vegetales y un cafe mit milch. Di un paseo por el cementerio judío y volví a la universidad. Por la mañana un par de conferencias sobre la corporeidad de las sustancias y el llamado vinculum substantiale. Tomé un descanso, y, mientras cavilaba si Leibniz verdaderamente creía en la unión metafísica del Cristo con la Hostia, asunto dudoso, porque era protestante, y miraba las hermosas ediciones de George Olms, sin darme cuenta comencé a charlar con la señorita Winter, editora afable encargada de la línea jurídica de Olms, que se movía con un francés impecable. A través de ella tuve acceso a un universo más local, ya que esa tarde y la siguiente tuvo la gentileza de mostrarme ciertos recovecos de la ciudad invisibles para un viajero sin conocidos ni tiempo.

Por la noche cené con algunos colegas latinoamericanos. Fue curiosa esa velada, porque sin que ninguna de las ocho personas que estábamos sentadas en la terraza pudiera percatarse, desvalijaron a un profesor argentino. Desplumado frente a nuestros ojos sin que nadie hubiera sido capaz de darse cuenta. De regreso me separé del grupo porque a la mañana siguiente daría mi conferencia y me apetecía la soledad en la ciudad donde Leibniz había invertido tanto esfuerzo. Así que caminando al buen tuntún entre callejones y luminosos almacenes, desemboqué a una plaza en cuyo centro había una kiosco con un hombre en una especie de jaula. Pero lo que me llamó la atención fue el edificio que se encontraba justo detrás. Nunca lo había visto, pero lo supe de inmediato: la casa de Leibniz. Luego de quedarme un buen rato recorriendo la fachada, rica en relieves y figuras míticas, regresé al hotel pleno de buenas sensaciones.

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Nuevamente los obreros de enfrente tuvieron a bien despertarme muy temprano, y repetí el ritual del café con leche y el bocadillo de queso de cabra mientras releía mi conferencia: Harmonic Dissonances, páginas dedicadas a las tensiones que surgen entre la armonía universal, preestablecida, y la mónada sans fenêtres, enfermé, aislada, donde me valía de ejemplos musicales y de una analogía entre las notas y las mónadas, al fin y al cabo, puntos metafísicos.

Sucedió que el orador que me antecedía faltó al congreso y me tocó hablar antes de lo previsto, asunto algo engorroso porque algunas personas que querían asistir a mi conferencia llegaron tarde, es decir, a tiempo, nada más que yo había comenzado veinte minutos antes. Sin embargo, el salón, que tenía unas dimensiones exageradas, casi se llenó. Entre los asistentes pude reconocer a Daniel Garber, Gregory Brown, Concha Roldán, Pauline Phemister y Mark Kulstand, que presidía la mesa. Leí el texto despacio, y tropecé un par de veces con las palabras domingueras con las que suelo caracterizar la monadología, pero terminé a tiempo. En la ronda de preguntas hubo dardos afilados, y planteamientos capciosos. Tuve la suerte, sin embargo, de que la tarde anterior, a la hora de la comida, la joven y erudita profesora Jeanne Roland me pidió que le contara algo sobre mi conferencia. Se detuvo en algunos puntos escarpados de mi interpretación y traté de resolverlos a bote pronto recurriendo a la música, de donde, de hecho, Leibniz extrae el concepto de Armonía. No la convencí, hay que decirlo, porque, entre otras cosas, no tuvimos tiempo de terminar la conversación. Así que conecté las preguntas con aquella respuesta improvisada que no pudo ser más propicia. Se oyeron los nudillos sobre la madera y nos fuimos a tomar un café.

Por la tarde, Siemens pagaba la cena, manjares insólitos iban y venían, champaña, tintos, blancos, rosados, agua con gas, zumos. Y cayó un diluvio como el telón del teatro, llevándose el calor y sellando entre risas el final de un viaje fabuloso.

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domingo, julio 23, 2006

Paisajes

Regreso de un largo paseo nocturno (¿dos, tres de la madrugada?) pensando en los párrafos que interrumpí por la tarde, cretinizado, exhausto a causa del calor. Pienso en el estudio con cierta sensación de culpabilidad donde me esperan la máquina encendida, los apuntes que garabateé con un lápiz sin punta, una jarra de agua. A pesar del café y de mis buenas intenciones fui derrotado sobre las cinco de la tarde. Esa derrota me punza en las sienes, y, como suele sucederme, una ansiedad conocida no me deja ni parpadear, enfocando con un ligero ardor en los ojos las imágenes [visiones] que pienso concluir antes de que amanezca.

En la entrada, me quito los zapatos y los calcetines (en casa, descalzo, herencia oriental que no discuto). Me refresco la cara y los brazos, el cuello, la nuca. Atravieso el salón con un aplomo que ya comenzaba a crecer en el cuarto de baño, y cambio la ropa de calle por el mono de trabajo. Estoy listo. Me apresuro al estudio. Había dejado la puerta del balcón abierta, y, antes de prender la lámpara, me quedo mirando los papeles que están regados por el suelo. Olvidé apresarlos con la piedra de Rosental que uso como pisapapeles. La luz de la lámpara da de lleno en la mesa, pero los libreros y las paredes se quedan en penumbra (la habitación no es pequeña, la mesa está en el centro). Me siento incómodo. Es irracional, pero siento que no estoy solo, que alguien me acecha. Súbitamente inmóvil, haciendo equilibrio con los brazos abiertos, observo el estudio: mis ojos recorren los muros y los libros, los botes de lápices y plumas, las hojas de las plantas. El aire tibio que entra por el balcón mece los apuntes que aún siguen en la mesa. Algo rasca el techo. Desvío la mirada sin prisa, como se prepara uno para las malas noticias. Un enorme grillo —enorme, no sabía que los hubiera de ese tamaño—, un hermoso grillo verde esmeralda camina, contumaz, alrededor de la escayola donde nace la lámpara.

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La irrupción de lo extraño en un escenario cuya escenografía es tan conocida se percibe de inmediato, aunque no se tenga claro de qué se trata. De la misma manera, pienso, pueden adivinarse la infidelidad, el desamor, los cambios de planes. Encuentra uno que hay algo en el paisaje que perturba, que de acuerdo al hábito y la estética, no debería estar ahí. ¿Demasiada risa? ¿Dedos que se estrujan? ¿Pasmo? No se sabe qué es, pero hay algo que no encaja, como dicen los maestros de dibujo, que no se ajusta a la percepción que se tiene del pasado.

Sin previo aviso, los tramoyistas cambian la disposición de la utilería, la canción comienza antes de lo esperado, el reflector te abandona en tu mejor parlamento, el teatro está vacío. La realidad se obstina en no concordar con la costumbre, tan anquilosada, que apenas ahora descubres que no se trataba de una ley natural: lanzas la bolita, pero en vez de rebotar contra pared, se queda en el aire, flecha de Zenón, o se aleja indiferente hacia los vestuarios.

El azoro y la incomodidad están muy cerca, tanto, que con frecuencia no podría distinguirlos. Sí, sin duda el ideal sería una apertura al cosmos como proponen los taoístas, pero —también para eso— soy incapaz: Un camello, cargado de bultos, después de una jornada sin alimentos ni descanso, flaquea en medio del glaciar. Imagen imposible y facilona, pero veraz. La armonía del paisaje es disonante. La disonancia, que en principio es ruido, se resuelve [disuelve] en la totalidad de la pieza creando atmósferas, apoyando las melodías. Pero si uno se ha perdido de algo no lo entiende, sólo ve una mancha, oye un ruido. La disonancia adquiere sentido a través de la memoria, gracias a la imaginación.

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Se trataba de un ademán, de una inflexión en la voz al tocar ese tema, de un arqueo de cejas absolutamente invisible, pero estentóreamente elocuente. No podemos olvidar que en las ciudades ya no hay paisajes naturales, quiero decir, donde no haya intervenido nuestra desidia, de los que no seamos cómplices de alguna manera. Estamos rodeados de paisajes azarosos, involuntarios. Surge de ellos, incluso, un esteticismo escarpado que venera el salitre de los puentes, la lasitud de los árboles de la avenida. Así que en ese cuerpo, en la tesitura de la voz se advierte algo conocido y artificial. Un gesto que ya has visto aunque justo en ese rostro no sabrías entresacarlo, separarlo de los otros trazos que lo traman. ¿Qué diablos hace una foca sentada en un vagón del metro? —¡¿Y qué diablos hace yendo a Usera?!

El turista, tomando fotos en algún callejón de Venecia, carece del deseo de mimetizarse con el entorno, su manera de pasar desapercibido es ser un turista. Vamos paseando por Toledo y decimos: ay, cuántos turistas. No decimos: cuántos extranjeros, ni: cuántos desconocidos, fuereños, extraños… El turista, tomando fotos en París, ya es parte del paisaje. Pero la ciudad es hostil para aquellos que llegan guiados por un ánimo diverso. Y aún más hostil si no se sabe exactamente por qué y a qué se vino. En el bar se bebe, se conversa, se liga, se deprime… Pero si vas al bar y no bebes y no hablas, y no sabes por qué se te ocurrió encallar ahí, es como si todo el mundo lo notara —aunque nadie te haya visto. Sin embargo, la figura del contrariado, como la del flâneur, forma parte de la escenografía.

Somos incorporados, aun a nuestro pesar, en la enarmonía del paisaje, pero bajo el ojo discriminatorio que jerarquiza y acomoda las cosas en su sitio. Y es precisamente ese sitio donde acomoda las cosas el ojo discriminatorio lo que no tiene lugar. Somos ese ojo. Voy al Candela y conozco a Irene, profesora de matemáticas cuya mirada incendiaria causaba desconcierto; pero aún más su estado etílico, y para acabar de disuadirte estaban sus hombros encogidos, echados hacia delante. De golpe hermosa, exótica, pero de actitud temerosa y agobiada. Qué distinta Noelia, fisioterapeuta, que te miraba fijamente a los ojos, que no necesitaba sonreír para ser amable y simpática, que sabía hablar y moverse con gracia pero sin afectación. Julio, mi amigo poeta, y yo, tuvimos que transcribir, in situ, nuestras emociones. Pero me estoy desviando del tema.

Paisajes siempre vistos se tornan de pronto inabarcables, insólitos. Un objeto, un rasgo pueden hacer al mundo intolerable. Pero ¿no es esa la queja del racista bien educado que acepta la diversidad pero que, al mismo tiempo, sugiere que los morenitos se encuentran mucho mejor un poco más al sur? En otras palabras, si algo falla en el paisaje, tal vez lo más sano sería preguntarse enseguida si lo que está fuera de lugar no es uno mismo. El panorama es indiferente a nuestras disposiciones espirituales. La incomodidad —como la dicha— es nuestra, si las grietas nos parecen desfavorables, si esas manos amadas se resisten a tocarnos, más bien uno ya se estaba tardando en reconocer que se ha vuelto the black stain on the landscape, como escribía Sir Thomas Browne.

La semana que viene viajo a Hannover. No sé con qué voy a encontrarme, Alemania siempre sorprende. Pero Hannover no es Berlín, donde da la impresión de que todo el mundo puede encontrarse a gusto, en casa —o encontrarse un hogar, aunque la policía me haya detenido en el aeropuerto. Tengo a mi favor que he sido extranjero toda mi vida, incluso en el país en que he nacido, condición ontológica, no meramente una consideración política.

De viaje uno se ve obligado a encarar las cosas como vienen, con la inmediatez de un asalto. Poco tiempo se tiene para preguntarse si el entorno puede disponerse de modos diversos. Es como entrar a una casa ajena, con seguridad uno cambiaría o prescindiría de determinados objetos, pero no va a cometer el agravio de tirar los angelitos de porcelana a la basura, aunque luego los critique. Pero una vez instalado crece la ficción de que la vida no carece de una apaciguadora uniformidad, y uno está dispuesto para lo que venga, no expuesto. Es por eso que si de pronto te editan de la peli, te recortan de la foto, los paisajes cotidianos se vuelven tan ajenos, y no dejas de sentirte como un intruso.

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miércoles, julio 12, 2006

Se van

Para Don Antonio Ortuño, por nuestras coincidencias inversamente desproporcionadas.


Ya no es mágico el mundo, te han dejado...
J.L.B.

Cada vez que una de ellas se va, duele. El estómago revuelto, agitado por una batidora, espasmos debajo del ombligo. Debilidad en los brazos y un hormigueo que se detiene en las palmas, a la altura de los codos. Hombros tensos. Nudo en la garganta. Ojos apretados, pero por detrás, como si tuvieran un torniquete. Inquietud. Una inquietud y una ansiedad inconmensurables. Si fumaras, encenderías cuatro cigarrillos de golpe.

Cada vez que una de ellas se va, duele, y es imposible acostumbrarse a esa impotencia. Ya no importa lo que se diga ni lo que se ha dicho. No quieren seguir contigo y se marchan. Así de fácil. Así de simple. Qué piensas, qué sientes, qué quieres ya no es asunto suyo. Han tomado una decisión, y es como si el universo se escindiera en un estallido. De pronto estás loco si sigues llamando, eres un macarra si sugieres cruzar unas palabras, estás pirado, chaval, si mandas unas flores o una carta o un saludo; cualquier cosa que provenga de ti apesta. De pronto los placeres del sexo, las conversaciones mágicas, las lágrimas compartidas, ese día que no podía desprenderse de tu cuerpo desaparecen: ahora eres un extraño. ¡Peor! Te conviertes, al pronunciar los mismos diálogos que la llevaron al éxtasis, en un acosador, un degenerado.

Y duele. ¿Dónde duele exactamente? ¿Dónde? No sé, pero duele un chingo. El pecho es un fuelle que se traba. Llegan las malas noticias y uno no está seguro de haber escuchado bien —si se tuvo la decencia de hablar y no meramente de huir—, aguza uno el oído y se percata de que se ha quedado sordo: uououououououo… en cada oreja, en estéreo. Lees la nota —si la hubo—, y uno descubre que nunca aprendió lo suficientemente bien su propio idioma, porque, de repente, una frase tan sencilla como: Me largo o Lo siento, pero ya no te quiero…, se tornan incomprensibles, crípticas, enmadejadas, barrocas.

Se van. Y todo parece tan fácil de ese lado. Como cerrar una ventana o una puerta. No, más fácil: esa misma noche ya están con sus amigas en la fiesta, ya están celebrando la ausencia de pasado, el súbito ensanchamiento del porvenir. Qué grises eran los días, ¿verdad? Desde hoy todo en Technicolor. Y, ay de ti si te asomas al bar o a la fiesta: esa mueca, esa mueca que nadie puede describir, esa expresión de agobio que te hunde al averno de la culpa, del qué coñio vine a hacer aquí.

Se van, y lo más divertido es que los amigos ni se lo piensan, a por su sonrisa, su ombligo, su espalda. La has perdido. Nadie te compadecerá. Nadie se preguntará por ti. Tal vez descubras que te has vuelto invisible, que tu voz no se escucha, que el mundo es un espejismo. Vagarás solitario por las calles preguntándote ¿por qué? Obsequiándote una infinidad de razones falsas, pero cada vez más dolorosas. Y hurgarás los bares, las plazas, los cines donde una vez fuiste feliz. Tal vez ocupes la misma butaca que solían, tal vez no puedas evitar sonreír cuando Rafa, el de la tienda, te pregunte por ella.

¿Por qué no te queda claro que se ha ido? ¿Por qué no es tan sencillo para ti? ¿Por qué no giras el rostro a otra parte y sigues con tu vida? Porque esta vez sí la querías, porque verdaderamente pensabas que era Ella, porque llegaste a sentir que al fin se había terminado la búsqueda, la guerra, la espera.

Se van. Así de fácil. Y, sentado en esa silla, te sientes el hombre más solo y más triste del mundo.